ÚLTIMOS KILÓMETROS DE VIDA: Jorge Orlando Correa

Antes de arrancar el motor, Virgilio Garza acaricia el volante con ambas manos. No parece creer que el momento que vive sea real. La boca entreabierta y los parpadeos le dan el aspecto de una persona que despierta de súbito. Voltea hacia David, su hijo, como preguntando si es en serio. Y David, después de arrojar el filtro de un cigarro por la ventana, asiente con la cabeza.

Virgilio observa sus cejas blancas, tupidas, por el retrovisor mientras lo acomoda, la piel cuarteada que le recubre el rostro, los años transcurridos en la opacidad de sus pupilas. Presiona el botón para bajar la ventana. Inhala lento y largo. Suelta un suspiro.

Casas de madera con techos de lámina, unas tras otras. Perros se pegan a las llantas con ladridos y los colmillos de fuera, pero pronto se dan la media vuelta para enroscarse, de nuevo, bajo a la sombra de algún árbol. Virgilio conduce lento y cuidadoso, como un conductor en una prueba de manejo. Nada ha cambiado, piensa, todo en el mismo sitio.

Una voz lo hace mirar hacia la banqueta: otro viejo, uno con un sombrero de guano y ojos vibrantes menciona su nombre, pero Virgilio no hace gestos, no contesta, lo ve quedarse atrás conforme avanza.

Agáchate, le dice a David, sin dejar de mirar hacia el camino. Y David obedece; traga saliva, contesta de acuerdo, entiende el significado en las palabras de su padre, sabe que este es un momento que debe vivirlo solo; la única oportunidad que Virgilio Garza tiene para hacerle frente a quienes lo vieron perder, a quienes lo hicieron perder, cada una de sus vacas y novillos, hectáreas de plátanos y caña, una casa al norte de la entidad, el acceso a las cantinas, amigos, matrimonio, la plaza de maestro con la que soñaba jubilarse. Los mismos que lo juzgaron por dormir bajo cartones, mojarse en lluvias, hasta el día en el que nadie supo de él y lo pensaron muerto. Pero ahora lo verán cruzar la calle, en la camioneta de su hijo como si fuera suya, para demostrar, al menos por unos segundos, que nunca estuvo acabado. David contrae las piernas, encorva la espalda y se agacha frente al asiento debajo de la guantera.

*

Pudo viajar en avión, pero David necesitó conducir por pueblos y ciudades, ver el sol de las mañanas, escuchar grillos en medio de la carretera, comer en restaurantes de camino. Estaba en una junta con los dueños de la automotriz para la que trabaja cuando sintió que el teléfono comenzó vibrar. Era el médico. Contestó ignorando a los presentes. La última vez que recibió una llamada de ese mismo número no habían sido buenas noticias.

Tómate el tiempo necesario, ya cubriste las ventas del mes, dijo su jefe, después de que David, entre temblores y lágrimas, explicara que su madre acababa de fallecer de un infarto en los pulmones.  Al día siguiente encendió el motor de su camioneta y condujo durante cuatro días hasta las rejas del cementerio Campos del recuerdo.

Dándole la espalda, frente a la tumba de su madre, Virgilio Garza asentaba un ramo de flores.

¿Padre?

Ambos permanecieron por varios minutos, casi inmóviles, con la vista anclada en las inscripciones de la tumba.

Carmen Estrella Suarez (1922-1996)

Sentados en bancos de madera, frente a frente, después de pedir dos tarros de cerveza, Virgilio explicó a David las razones de su desaparición. Se levantó a penas para sacar de la bolsa trasera del pantalón un periódico amarillento. David lo desdobló con ambas manos. Era la noticia de un asesinato. Virgilio explicó lo ocurrido, cuando hace décadas entró al granero de su padre y lo encontró con un tiro en la frente, desplomado entre gallinas.

Después de esa tarde, explicó Virgilio, perdí el control. También perdí otras cosas. No quería que tu madre supiera lo que iba hacer. Tampoco que me conocieras después eso.

¿Lo encontraste?

Virgilio no contestó a esa pregunta, soltó un suspiro y se terminó de fondo el tarro.

¿Qué harás ahora?

Tengo una casa al sur, con algunos caballos que me necesitan. Desde aquí son tres días de viaje, dijo Virgilio, pero era mentira; en realidad, lo que deseaba era atravesar Gardea por una última vez y sentir cómo era hacerlo; recordar lo que eran esas calles y ver lo que ahora son. Pero sobre todo quería que lo supieran vivo todas esas personas que, en el mejor de los casos, lo consideraban muerto. Kilómetros adelante, en un pueblo cualquiera, diría que ha llegado a su destino y se bajaría para ver la camioneta desaparecer en el horizonte. Lo siguiente era tomar un camino sin vuelta atrás: iniciar una vida o el suicidio. Al terminarse el cuarto tarro de cerveza, aún se batía en su mente una batalla por decidirlo.

Durante el viaje, Virgilio le contaba a David que de niño siempre pedía dar vueltas alrededor de la parcela en Roco, un caballo blanco, su favorito. También habló de la primavera en la que conoció a Carmen Estela y como ella, con el tractor de su familia, fue quien le enseñó a conducir.  Mencionó su cabello rizado y el resplandor ámbar de sus ojos, las dos cajetillas que fumaba a diario y la voz, la mejor voz que haya escuchado para cantar baladas. Así era tu madre, repetía, entre recuerdo y recuerdo.

Mientras Virgilio decía todas estas cosas, David consideraba pasar una temporada con su padre: que dónde dijera que se terminaba el camino, se terminaba para ambos. Después de todo, como tal nunca nos conocimos. Tal vez no sea el cobarde que siempre imaginé, el imbécil del que todos me hablaron, aquel loco de las calles.

*

Atrás ha quedado el quiosco y la comisaria. Lo que ahora corre a los costados de la camioneta son casas de madera, rancherías y cañales, cielo y nubes al fondo de todo lo que pueda ser visto. Sobre la calle se arremolinan hojas y polvo. El ambiente tiene un aroma a madera fresca.  Y Virgilio aún conduce a pocos kilómetros por hora, a la vista de antiguos vecinos que lo observan detrás ventanas, como si lo que pasara frente a ellos fuera una estrella fugaz en cámara lenta. Él sabe que es observado y si de pronto cruza su mirada con la de otro, lo hace sin reacción, sin mirar realmente: todo le parece tan lejano, como él lo estará de este pueblo en unas horas.

Jorge Orlando Correa (Chetumal, Quintana Roo, 1992). Textos suyos aparecen publicados en medios como Punto de partida, Cinosargo, Pez Banana, entre otros. Autor del libro de cuentos Ya no hay fechas importantes (Pinos Alados Ediciones, 2020).

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