LA GENTE ROTA QUE SOMOS (Extracto): JESÚS MARIN

Pertenezco a esa clase de gente rota, desarticulada. Gente rota que nunca ha tenido nada. No pide milagros, lucha sin rendirse. Gente rota que se levanta cada mañana, a recomponer los trozos del mundo. Dislocadas del cuerpo y alma. Con la certeza de pertenecer a las máquinas descompuestas. Y nunca van encajar en ninguna parte. Gente rota cuya sonrisa no pueden romper. Somos esa gente que mantiene unido al universo. Somos gente rota que construye la esperanza.

  Soy de esa gente rota que a nadie se lo dice. Gente rota que oculta grietas y desfiladeros. Sobrevive escribiendo cartas sin remitente. Y duerme acurrucada entre el pedacerío, cobijándose en el desamparo.

Gente rota que no sabe por qué ni cómo. No sé si nací roto o fui quebrándome a medida que crecía. Lo cierto es que una mañana, a mis escasos siete años, supe que soy de la gente rota. Y no tengo remedio.

II

Ya me cansé de intentar encajar. Aparentar una vida normal. Pretender ser como los otros. Ser parte de la gran manada. Ser otro ladrillo en la pared.  No soy como los demás. Simplemente algo nunca ha funcionado dentro de mí. Lo supe desde mi infancia. Hoy cerca de la Muerte, lo entendí de una buena vez. Nací para ser de los olvidados de Dios.   A los que nadie escogía en los juegos infantiles. Los que no bailaban en las tardeadas de la secundaria. Mi mejor amigo era el viejito de la biblioteca. Me pasé la prepa jugando ajedrez en mis ratos libres. Miraba tras los cristales la vida, ajena para mí, una vida que nunca he tenido. Yo soy el que se quedó afuera en su fiesta de su graduación.  Solamente aspiré a beber cerveza cada noche. Y un vientre de mujer para mis días solitarios. Dios y yo nunca nos hablamos.  Ni por error.

III

Lo malo de ser cahuamero por más de veinte años. De pistear religiosamente por las noches, mínimo cuatro gordas y prietas Victorias, no es tu hígado destrozado ni tu diabetes. Esas son heridas de guerra que sufres estoicamente en silencio, estoicamente. Chingaos, de algo se tiene uno que morir. No es los días, meses, años, desperdiciados bebiendo por las mujeres que te destrozaron el corazón.  Y por las cuales brindas por esas nalgas que fueron tuyas y ya no lo serán. Lo terrible. El más temible dolor y el peor desconsuelo, es que tras veinte años de cahuamear como loco, de beber como desesperado litros y megalitros de cerveza, es que una noche, tarde que temprano, descubres que de tanto beber, de tanta soledad, te ha crecido una cabrona resistencia contra emborracharse. Ya no te empedas. Ya no te embruteces de olvido. Y lo que ayer era tu amor y tu consuelo, culeramente te ha traicionado. Tu amada cerveza ya no te arrulla. Ya eres inmune a sus besos. Tanta cerveza te ha vuelto indiferente a su magia. Y por más cahuamas que bebas. Por más victorias que te inyectes, ya no te son suficientes para aturdirte, para desconectarse del mundo. Y olvidar el nombre de ella. O los labios de aquella otra. Y el recuerdo arde cabronamente. La nostalgia nos látiga sin piedad. Y eso. Camaradas catarrines.  es la peor tragedia en la vida de un cahuamero… pero salud cabrones.  Por lo que me resta de hígado.  Total, nunca he bebido para olvidar. Me emborracho porque me gusta.

 

Jesús Marin. Norteño cincuenton de duranghetto durango, zurdo, escritor y poeta, bebedor de cahuamon victoria. 

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