Yesid Contreras

Originario de Bogotá, Colombia. Vive en Quintana Roo desde 1999. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Periodista, editor y escritor. Docente de comunicación y guía de talleres literarios. Ha publicado artículos, ensayos, cuentos y poemas en periódicos y revistas de México y Colombia.

Autor de los libros: árbol de tinta (poesía, 2003); Ars Verba XXI (aforismos y fotografía, 2a edición ampliada 2019); La ruleta del plagio (novela, 2018); Citadinias, cuentos urbi et orbi (cuentos (2019)

 

ANUNCIO PÓSTUMO

El día de su muerte, el cálido lunes 17 de agosto de 1964, recibió dos noticias: ambas lo sembraron para siempre en esta tierra de premoniciones donde reinaron los mayas, muchos siglos después de haber recibido el impacto estelar que convirtió la península en epicentro del fin de una era telúrica, quizás la misma que brindó la posibilidad geológica de fundir la materia prima de su obra. La muerte es un trámite final de la vida, meditó momentos antes de fallecer, de vivir en carne propia esa magna noticia que cada ser humano recibe por una sola vez en entrega inmediata. Algo va de Bogotá a Mérida, del altiplano andino al sofocante estío yucateco. Algo va de las empinadas calles céntricas de la fría capital colombiana a las planas y reverberantes calles meridanas.

 Rodeado de papeles y dibujos sobre mil proyectos escultóricos, durante buena parte de sus horas definitivas deliró sobre un camastro desvencijado que él mismo se fabricó con tablas rústicas. Paseó en duermevela sus recuerdos vitales, azuzados por el delirio pre mórtem, mientras se acercaba la hora de partir y dejar una estela de recuerdos, la mayoría tallados en piedra y muchísimos sin fundir en bronce, unas cuantas letras de bambucos, y una avalancha de tiempos idos, mezcla anárquica de geografías imposibles: el cerro de Monserrate frente a la Bahía de Chetumal, la Escuela Belisario Domínguez y el puente sobre el bogotano río San Francisco, pavimentado por obra y gracia del progreso. El saludo de mano con los maestros Bourdelle y Rodin en las puertas del Louvre, y el recuerdo de su madre en las calles de Bogotá. La imagen de Bachué abrazada a Quetzalcoátl en la vereda central meridana. En el culmen onírico vio al águila en el centro del agua devorando la serpiente sobre el nopal, rodeada de las ranas chibchas que croaban a la diosa Bachué, mientras Chac comentaba con su par divino la lejanía de las aguas y la potencia de la serpiente ante la monumentalidad del caimán que emerge en los lejanos canales de Xochimilco a través de un cenote imaginario, fantástico puente subterráneo entre Yucatán y Bacatá.

        La hamaca permanecía como hace meses: recogida contra la pared, exánime porque su dueño no podía treparse a esos hilos de colores desteñidos debido a la gran debilidad de su cuerpo y al duro trajín de constructor de esculturas a lo largo de cinco décadas, pues sus primeras obras fueron emprendidas a los quince años de edad. Aunque la pintura hizo parte de su vocación de artista, fue una aptitud que puso  pronto en segunda instancia ante la necesidad de forjar volúmenes y formas con sus propias manos y las herramientas necesarias. A un lado, anclada a un oxidado clavo, la guitarra de manufactura española estaba cubierta de polvo: hacía mucho tiempo que no era usada para interpretar bambucos y revivir la conjunción de la música autóctona colombiana con la sensibilidad de los músicos yucatecos. A su legado de artista sumó canciones como “Muchachita de blanca sonrisa” y “Un chibcha del Mayab”, letras que compuso en sus noches bohemias mientras pasaba una década, lapso que le llevó erigir el Monumento a la Patria, asediado por la indolencia de los detentadores del erario público yucateco para otorgar el presupuesto necesario.

El delirio lo trasladó al Paseo de Montejo. Oyó claramente el golpeteo delicado de su martillo sobre la piedra blancuzca que tallaba con delectación y arrebato artístico. El rostro de Emiliano Zapata le dirigía la palabra: lástima, nunca vine a estas tierras por mi propio pie ni en mi caballo azabache. Pero nunca olvidé a los indios mayas insumisos que transitan en la pared a mis espaldas después de traerte las piedras que tu cincelas, se ven raros junto a Cuauhtémoc y los conquistadores españoles jijos de la chingada, le dijo el rebelde morelense mientras retorcía las puntas del bigote y ocupaba su lugar al lado de Pancho Villa, figura aún sin definir por completo en la materia calcárea importada de las canteras de Tikul, que al final albergaría las imágenes de cuatrocientas figuras de la historia nacional. La serpiente, coátl, reptaba hasta su cuerpo y lo abrazaba hasta casi asfixiarlo justo cuando dos españoles con arcabuz perseguían a una india mexica entre la fuente, locos desenfrenados correteando en el agua del lago de Texcoco sobre sus pegasos sin alas, con sus corazas metálicas que los asaban en su propio jugo bajo el sol incendiario de Mérida. Benito Juárez abandonó su estampa de formalidad para agradecer el título de Benemérito otorgado en 1865 por los Estados Unidos de Colombia a nombre de su pueblo, en reconocimiento a su ejemplar defensa de la patria mexicana. Rómulo deliraba inmerso entre las piedras blancas, talladas y vírgenes, de su magna obra. Creyó llegada la hora final al amanecer, cuando la bandera mexicana izada sobre el monumento resplandecía sus colores y recreaba con los primeros rayos del sol el tricolor amarillo, azul y rojo de su tierra natal. La fusión de mi origen y mi destino, pensó sin titubeos.

Sin más ayuda que sus recuerdos navegó durante varias horas en el tiempo del siglo XX que vivió desde la esquina de su visión indo-americana, peleado con los muralistas, pero discreto y respetuoso ante su movimiento, y criticado por quienes consideraban que tenía una visión sesgada del mundo al exaltar las virtudes de los indígenas americanos y su grandeza secular.

Cerca de su hora póstuma, en los albores de la noticia fatal de su deceso, deliró con las imágenes de su frustrado viaje a La Paz andina, para presenciar el Congreso Continental Indigenista, ciudad a la que envió su obra “Pensamiento”, tras muchos  avatares, con la idea de proponerla como símbolo de aquel encuentro que jamás se realizó en ese país, sino en Pátzcuaro, Michoacán. Meses antes, o años, la pieza escultórica fue motivo de una querella legal, intensas polémicas y hasta un reto a duelo con un periodista mexicano, quien de modo malévolo se atrevió a bautizar la escultura con el nombre de “El borrachito”. El escándalo sirvió para popularizar el icono de manera torcida: la foto que acompañó la nota fue tomada en el lugar de la exposición, pero de manera furtiva a un costado se colocó una botella de tequila. La noticia publicada en un diario capitalino tuvo amplia difusión y el escándalo convirtió la pieza en motivo permanente de la artesanía mexicana, aunque desvirtuó para siempre el alcance artístico esa figura de un indio de huaraches, sentado en el piso, con sus brazos cruzados sobre las piernas, cabizbajo, pensativo y cubierto con un sombrero típico. Desgraciado destino de una obra monumental: la copia fundida en broce, de un metro de altura, nunca pudo ser traída a México por falta de presupuesto, según comentó la embajada colombiana de entonces, que financió el envío de la obra pero jamás quiso pagar su retorno.

        La segunda noticia llegó de retraso: jamás pudo discernir la ironía de haber vivido en esta tierra cuatro décadas sin que tuviese un documento formal que avalara su entrega incondicional a la patria adoptiva. Murió a las seis en punto de la mañana, cobijado con las mantas del Servicio Postal Mexicano, unas horas antes que un cartero golpeara a la puerta de la casona de paredes blancas para entregar un mensaje. Un telegrama paradójico, contundente, póstumo:

 

Tlaltelolco, Ciudad de México, 15 de agosto. 1964

C. Rómulo Rozo Peña. Naturalización otorgada. Pase a firmar documentos.

Secretaría de Relaciones Exteriores. 

Oficina Central de Telégrafos. 

 

FIN

 

Cuento integrado al libro Citadinias, cuentos urbi et orbi (páginas 37-41)

 

    ( Monumento a la patria, Mérida)

 

                     

(Escuela Belisario Domínguez, Chetumal)

(Hospital Morelos)

Fotos de YCB

Cuento integrado al libro Citadinias, cuentos urbi et orbi (páginaas 37-41)

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