Miguel Ángel Meza

Miguel Ángel Meza Robles es poeta, crítico y editor. Radica en Cancún desde 1986. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004), y de la revista literaria TROPO a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor del poemario Destellos de marea (Praxis, 2004), del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar, CCL, 2014) y El rostro que habitamos ( 2015). Actualmente, coordina varios talleres literarios, dirige el Centro de Creatividad Literaria de Cancún y edita la revista TROPO (segunda época).

HISTORIA DE HYMA

MIGUEL ÁNGEL MEZA
I

Seducidos por el canto serenado de la calle, salimos a buscar nuestros recuerdos en el ombligo anaranjado de la luna. Nunca pensamos que conoceríamos a Hyma, ni que esa circunstancia nos daría la profesión que nos mantiene unidos, a pesar de la distancia: a ti, paloma gambusina; a mí, vagabundo mineral.

II

A nuestro paso los árboles hablaban dormidos. Sus hojas de coral soñaban con el mar y balbuceaban un lenguaje de ballenas asustadas por nuestra voz. Rodeamos edificios que ahuyentaban a los gusanos y abrigaban a los gatos abandonados. Las ventanas sorprendían cópulas secretas en el azogue de las sábanas y las esquinas se bañaban en charcos amarillos, mientras un leopardo de luz arañaba nuestras sombras, al acecho, dispuesto a devorar por fin nuestro cordón umbilical.

III

En un terreno baldío hallamos al jardinero loco musitando versos a los escombros y a los escarabajos. Algunos de estos versos son escupitajos luminosos de cuya fuente de copal brota Hyma, a veces como araña romántica, ojo funesto o ingenuo avestruz.

IV

El jardinero la invoca sólo a petición de las banquetas solitarias, los amantes enardecidos y los borrachos.

V

El Libro de los Anocheceres, que el floricultor enajenado guarda debajo de la lengua, consigna esta historia.

VI

Cuando es araña, Hyma teje su sueño en la promesa de los enamorados y termina devorándose a sí misma. Cuando es ojo, pretende adivinar el futuro azaroso de los ciegos, y sólo entrevé el suyo propio como un sapo condenado a mirar anochecidas desde el fondo de los pozos, en los patios sin luz; cierra entonces su párpado de ceniza y se echa a dormir en el caparazón de los cangrejos. Y cuando adopta la forma de avestruz, nace sin su vistoso plumaje. Por ello, a veces, en insomnio sin estrellas, cuando levantamos la vista al cielo, lo vemos incansable buscando estolas boreales en los hoyos negros del universo.

VII

Pero en realidad Hyma es una flor exótica de pétalos azules, parecida a la genciana de primavera y a los lirios cárdenos del sur. A diferencia de éstos, vive en la casa de las luciérnagas y perdura el tiempo de un parpadeo de sietemesino en el vientre de una enana, y el pase mágico de una anciana con lentejuelas en la voz.

VIII

Hyma nació con una catedral de cristal entre las manos a modo de pregunta, y sólo los prelados que han amado a más de mil vírgenes pueden ingresar a sus naves centelleantes y beber su vino de consagración.

IX

En lugar de llorar como hacen todas las flores, Hyma prefiere sentarse como una gaviota sin alas en un castillo de arena, y esperar a que la vía láctea llegue montada en un delfín.

X

Hyma es un término científico poco conocido. Los vagabundos prefieren llamarla por otros nombres, más apegados a su realidad de flor de témpano que vive en ambientes tropicales, adversos a su condición de velo en el ojo de la nieve.

XI

Algunos noctámbulos despechados le dicen hetaira del destello. Pero este nombre es inexacto: ella no es culpable de que sus hojas de hielo incrusten espinas azules en el sexo de sus amantes, haciéndolos enloquecer de placer. O que, perdidos en el dédalo de espejos, confundan la propia imagen, desfigurada por el deseo, con el rostro impávido de Hyma.

XII

Sus pétalos son innumerables como las estrellas jóvenes, y su forma, indescifrable, como el enigma de la mirada de los gatos al amanecer.

XIII

Supimos que iba a morir cuando vimos florecer sus pupilas en la brasa de uno de esos versos de carne de murciélago, asados por el delirio.

XIV

Cuando llegamos, ella levantaba ya su falda de agua y se disponía a recogerse en el pecho de la luciérnaga. Ni tú ni yo parpadeamos, pero ciertamente la dejamos de ver, quizá para siempre, en ese mismo momento. Quise compartir mi sorpresa contigo, pero el leopardo de luz había engullido también tu sombra.

XV

El jardinero era el mascarón de yeso de un desagüe, y dudé que mi cuarto atiborrado de libros fuera un terreno baldío convertido en un jardín de hymas fosforescentes.

XVI

El ombligo de la luna no era anaranjado, sino azul.

XVII

El viento con manos de mantarraya me montó en sus alas desgajadas por la penumbra, e inicié el vuelo de los ausentes.

XVIII

Tengo aún esperanza de encontrarlas. Tiempo no me falta. Después de que Hyma se fue, salgo en las vigilias a buscarte en los terrenos baldíos, en los charcos de fulgor en las esquinas, en los tiernos ojos de las gatas preñadas y en las entrañas de los leopardos sin sombra.

XIX

Como digo, tiempo no me falta. La melancolía no me deja dormir.

(Destellos de mareas, 2004)

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RESTAURACIÓN DE LA NOCHE

La madrugada resucita.
Tiende puentes, indagaciones, misterios.
De sus voces brotan los grillos del miedo
los impasibles búhos de la duda
manojos de alondras con picos de albor

El brillo inhóspito de la incertidumbre
me taladra las pupilas con señales ambiguas:
la duda es mi lazarillo.
Salen a flote en mis ojos aquellas naves
hundidas en el último naufragio.

Hoy no hay salida en la sonrisa a propósito.
Un ligero traspié, y el polvo aturde la mirada.
Un giro imperceptible en la huella sobre el fósil
y hay que reconstruirnos de nuevo.

Algo ha cambiado la decoración
algo hay distinto en el paisaje
algo se quebró en el alma:
el florero está vacío
el cielo, el rostro, están vacíos.

Ese árbol es un esqueleto abandonado
en medio de mi cuerpo.
Alguien encendió las velas de mis dedos
alguien quema el incienso de mis venas:
gotean mis palabras hasta expiar la dureza de la roca
gotea la cera del silencio:

me lleva ese olor en sus entrañas
cada vez que hablo

Me subo al timón del viento
antes de que encallen mis huesos.
Navego entre la selva
navego entre tus muslos
te invento cuando hablo:

Pienso tu piel
y una ola de esplendor moja mis manos,
habito tu vientre
y una parvada de nubes descubre
las rutas del verano en el firmamento
vuelo en tu risa
y ríos afilados caen
como vitrales de una catedral
digo tu cuerpo
y mis máscaras se derriten
y aprendo a ver.

Te invento cuando hablo
y el tedio se queda en el armario
junto a otras modalidades del absurdo

Es así cuando la madrugada entra en el azogue:
nos encuentra con la sombra equivocada.
Una palabra, una campana, un diamante diminuto
y el vidrio de la certeza en que piso se hace añicos.

El mundo ya no es el mismo

Levanto mi cuerpo desbaratado de navegar toda la noche.
El desnudo amanecer me lleva en las espaldas.
La lluvia se columpia tras los cristales
como una historia nunca concluida.
El viento canta su vieja canción en nuestra voz.
En mis manos hay una pregunta a punto de volar,
un sueño que aún agita las alas:
una mariposa escribe en el aire mi nombre:
ese polen me fecunda.

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ESPECTROS

Hay muertos que olvidamos enterrar. Se quedan en los secretos que murmuran en los armarios y sus tormentas cimbran la raíz del corazón. Abren la cólera, y un diluvio de lava corre por las arterias, y las piedras quiebran los cristales del habla.
Gaviotas desquiciadas que entran por los ojos, como si el delirio de la noche hubiera perdido las alas y las locas luciérnagas de varias lunas se estrellaran en la ventana o se ahogaran en el lago de nuestra frente.
Son los que buscan otro rostro, aquella máscara que deambula en nuestro territorio: nos llaman, recorren nuestros laberintos, y cuando entran nos arrojan al sueño de los otros como los desechos de cada hora caída en la desgracia.
Aúllan entonces como ráfagas que chirrían en las paredes. Extienden sobre el recuerdo nuestras imágenes, como figuras de cera que los segundos van quemando poco a poco: la tarde que se derrite en el calendario, las pupilas iluminadas por la chispa de la nada, los minotauros que acosan en las huellas de nuestro íntimo espejo.
El polvo de estos muertos cubre el horizonte.
¿Nos amará su sombra?

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NOTICIA DEL INMIGRANTE

He sabido de faros que sufren de vértigo, y de hendiduras que aman su cicatriz. Oí el secreto de mujeres de sal a las que amé en las fronteras del sueño, en el espejo de lechos que acogieron nuestros cuerpos. Y supe del inminente suicidio de la noche en esos senderos de piel que, entonces, decidí olvidar.
Y nada de ello concitó reuniones de sombras en mis huesos. Ni en el caparazón de las piedras de alas rotas donde posé mis sueños. Ni en la luna que desova en las ruinas del alba. Ni siquiera en mi nostalgia de inmigrante que bebe del horizonte de las ciudades, cuyo corazón parece un pozo cegado por el tumulto.
Nadie tendió ante mí la alfombra del mediodía ni me ofreció las llaves del descenso. Nadie cayó desplomado en el silencio, salvo navajas de luz repentina sobre el ramaje de oscuridad que me cercaba. “El filo de la soledad taja el ojo de los insomnes —me dije—: reverdece en la llaga de algunos sueños enfermos y los hace flotar”. Entonces floté.
Aprendí a beber la ración de indiferencia en el cántaro de mis días donde pulularon de pronto nubes como ostras y peces de soledad. Y la curiosidad en su derrota me trajo hasta aquí: me montó en el sargazo del sol, en las alas del salitre, en las horas ausentes de ocio. Y como lo pude ver, como lo constaté, al igual que las otras, esta ciudad también vestía manglares de luto. Me uní así a la procesión de piedras fantasmales. Y así muero hoy, entre vitrales de polvo: en la belleza misma del día inmolado.

3 comentarios en “Miguel Ángel Meza

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