Miguel Ángel Manjarrez Torres

Mtro. Miguel Angel Manjarrez Torres nació en Chetumal Quintana Roo el 3 de nov de 1977 realizó estudios de Filosofía en el Seminario Conciliar de Yucatán, cursó la Lic en Ciencias de la comunicación en la Universidad la Salle, Cancún, y Maestro en Psicoterapia Cognitivo Conductual. Obras Entre sus publicaciones encontramos la novela corta Cuéntame Gatito Publicación particular en 2001, Libro de cuentos Había una Vez por parte de la Universidad La Salle en 2002, Nada que Fingir, Libro de Cuentos por parte de Porrúa en 2015 y Orbelina por parte de Ed. El Nido del Fénix 2017. Además aparece en la compilación de textos de Excelencia Literaria editado en Estados unidos como resultado de ser Finalista en la Categoría de cuento y poesía, aparece de igual forma en la Antología de poesía erótica por parte de librélula Editores en mayo del 2015,el fragmento autobiográfico con el que resulta finalista internacional en el Certamen un Fragmento de mi vida también vio la publicación en junio del 2015. En el 2014 ganó el concurso estatal Letra del Himno del CECyTE Quintana Roo. Ha participado en diferentes encuentros literarios, como la Feria internacional del Libro en Bogotá Mayo 2015, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara diciembre 2015 y la FILEY en marzo del 2016 y 2017 Actualmente Es reconocido como Premio Nacional de Cuento por Editorial Endira 2015 con el texto titulado Inmaculada Concepción.Actualmente es representante Estatal de la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía. (AMAB) y Fundador del Premio Nacional Nada que Fingir desde su primera edición en 2016 (Estímulo a los creadores artísticos)

Actualmente radica en Cancún Quintana Roo.

 

 

INMACULADA CONCEPCIÓN

 

Llegó a la capital. Sus ojos desorbitaban ante tanto ruido,  gente que pasaba sin mirarla, sin responderle  a sus buenos días; su corazón latía muy fuerte, era ya medio día, hora en que estaría regresando del río, después de lavar ropa.

__Vámonos Vicenta, ya verás que nos irá mejor; hay que hacerlo ahora que podemos, sólo consigue el permiso de tu mamá. Mi abuela ya me dio su bendición; si no me voy, mis hermanitos  se mueren de hambre.

__No Martina, me da harto miedo. Dicen que allá amañan a las mujeres y nunca vuelven, seguro han de tener la cara llena de vergüenza y prefieren olvidarse de su familia antes que regresar manchadas; yo prefiero morir bien, como Dios manda, y si dispone que me muera de hambre, pues de hambre, pero limpia.

Miró su ropa sucia pues después de un viaje de ocho horas, su faldón se había manchado. De inmediato se persignó,  temiendo  un mal augurio

__Providencia del Dios amado, límpiame del pecado.

Y estrujó una vez más el escapulario que había bendecido el Padre Amilcar la noche antes, cuando fue a confesarse “para irse a la ciudad con el alma como de un niño” tal y como se lo había ordenado su abuela.

__Hazte a un lado, india pendeja- fue el grito que la hizo reaccionar, al tiempo de ser bañada por el agua de un charco que había levantado el conductor. Miró su vestido, ahora sí manchado en su totalidad. Con la mantilla azul limpió el lodo de su cara, mientras miraba con tristeza cómo desaparecía la limpieza del manto, ese manto que había cubierto la imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción, Patrona de su pueblo, como la tradición lo marcaba: las quinceañeras lo dejaban  ocho días  antes de la Solemnidad de la fiesta, a los pies de la imagen, para que las protegiera a partir de ese año  que se convertían en señoritas.

        __Manché tu manta, perdón Madrecita.

Martina, ya vámonos, que se hace tarde, es tu primera vez con la Virgen y mira ya la hora. Arréglate mejor el pelo. Quedates bien bonita. Que nunca se te olvide tu pureza, es un regalo de ella. Cada mes se encargará de recordártelo, cuando manches tu ropa con sangre.

__Creo que la virgencita me está advirtiendo del peligro de la ciudad, ¿y si fuera cierto lo que decía Vicenta, que aquí  vuelven malas a las mujeres?  Madrecita buena, sé buena conmigo y protégeme. Antes morir que mancharme.

El olor a carnitas fritas  la hizo detenerse. Sacó de su morral una torta aplastada y sudorosa que le había preparado la abuela. Aprovechó el olor de la  carne que se freía, pensando que era eso  lo que estaba comiendo. Fue como un pequeño bocado para el hambre  que tenía después de casi diez horas de no probar alimento.

                               No tires el arroz Martina, lávalo bien, pero no lo dejes tirado; con tres arrocitos que se te caigan ya cometistes pecado venial, y tendrás que ir donde el Padre Amilcar a confesarte. Y no me hagas “caras”, al menos ahorita hay arroz; cuando yo era niña mi mamá nos daba de comer el caldo del frijol, los granos los guardaba para volverlos a poner a hervir al día siguiente. Vives en la abundancia pero no lo ves, hasta que no tengas nada          -Dios guarde la hora-  decía mientras se persignaba tres veces.

-Dios guarde la hora- repitió Martina, más por superstición que por fe. Tomó de nuevo su morral,  se encaminó al domicilio que con detalle había explicado su madrina, quien ya tenía quince años viviendo en la capital.

 Déjala ir Estelita, la Martina no puede quedarse para siempre en este pueblo tan feo, es demasiado bonita, no debe estar en un lugar así. Yo sé que te da miedo, pero me conoces, sabes lo mucho que la voy a cuidar, será como mi hija y yo como  la madre que le faltó. Ahí trabajará, es más, tal vez y vaya a la escuela. Nomás que se instale bien vendrá de visita. Piénsalo Estelita, piensa en todo lo que quisites darles y no pudites.

 __¡Martina! ¡Aquí enfrente, hija! ¡Qué bueno que ya llegates! No te esperaba  tan pronto. ¡Pero qué bonita te ves aquí en la ciudad! Ya verás que nada te hará falta. ¿Pero, por qué lloras? ¿Te pasó algo?

__No madrina, sólo que me da harta tristeza mi abuela y mis hermanitos. Chavita se quedó llorando y me dijo que si me venía, dejaría de comer, y ya ve como es de enfermizo.

__Ya hija, tranquila, te dije que el principio iba a ser difícil, pero ya se te pasará. Entra. Acabo de preparar unos nopales con chipotle que te van a encantar.

A lo lejos se oían las campanadas de la Catedral, la madrina, conociendo su corazón fervoroso, prometió llevarla en la tarde. La Catedral se encontraba a cinco cuadras de su casa. Martina oyó el eco de cada campanada que le golpeaba su corazón: por su pueblo, por sus hermanitos, su abuela, sus amigos, la Iglesia, el corral, su ventana que miraba al cerro, el frío viento que olía a lluvia; todos y cada uno ocasionaban lágrimas de diferente sabor que corrían. Martina creyó que nadie había llorado tanto en tan pocas horas. Su madrina cerró de golpe el caudal del llanto al llamarla para ir al Templo.

El Padre Julián, nombrado recientemente Vicario, tenía pocos meses de haber regresado al país, luego de estudiar una licenciatura en Roma “Manufacturado con el sello pontificio”, era la frase de su Obispo al referirse a él. Su nombramiento en Catedral era un privilegio, ya que el trabajo no era tan pesado como en una parroquia de pueblo. La mayor parte de su tiempo la dedicaba a escribir artículos sobre Teología Dogmática que publicaban cada domingo dos periódicos del lugar. Tenía, además, algunas clases en una Universidad católica de gran prestigio. No llegaba a los treinta años; toda su juventud y virilidad afloraba en sus poros.

Julián, Julián una vez más en la Rectoría, ¿qué haré contigo? – se preguntaba el Rector del Seminario- ¿No te das cuenta que cuando llegues al sacerdocio, de continuar con esos detalles tendrás problemas más serios?, coqueteas mucho con tu vocación y con las mujeres. Tu sonrisa es demasiado provocativa. Hasta doña Pascualina, la Coordinadora de las Adoradoras, ya anda con su escapulario en mano cada vez que te mira, y eso que ya ronda  los ochenta años.

__Mucho gusto Martina, tu tía ya me había hablado de ti, ya verás que te adaptarás rápido, y si vienes a misa seguido, no te hará falta nada. Qué bueno que la veo Doña Lucía, ¿no sabe si ya mejoró Sandrita?, la Casa Cural está de cabeza, ya ve  lo desordenado que es el Padre Remigio.

__No Padre Julián, dicen que ya no va a despertarse del coma, pobre, tan  bonita  y tan joven y pasando esta desgracia. Mire que yo con mucho gusto iría a hacerles la limpieza, pero con eso de mi negocito, se me complica; ahora que si me acepta a Martina, que vino a la ciudad a trabajar; es muy honrada y limpia. Cómo ves hija, ¿te animas?

Martina ya no oía a su madrina; sus ojos se habían fijado en los labios de Julián, en sus muecas, en su tic del ojo derecho, en el oyuelo de su mejilla al gesticular cada sílaba de las palabras que pronunciaba, todos estos ingredientes iban haciendo el conjuro que desataría la más grande de sus maldiciones.

Al día siguiente Martina llegó muy temprano. Abrió la puerta con la llave que le había dado el Padre Julián la tarde anterior. La imagen de sus manos rozando las suyas se había quedado grabada en su mente, sus manos tan blancas y grandes como la pureza de Martina.

Atravesó la capilla que tenían dentro de la Casa Cural. Desde fuera, en la primera banca, vio al Padre Remigio sentado y medio dormido,  del otro lado al Padre Julián, vestido de jeans con una camisa blanca. Se detuvo a persignarse sin mirar al Cristo; la figura de espaldas del Sacerdote era un imán que poco a poco se haría más fuerte. Julián, al sentir la mirada, volteó hacia afuera alcanzando apenas a mirar a Martina, quien, presurosa, antes de verse descubierta, entraba a la casa. Julián miró al Cristo de la misma manera en que tantas veces lo había mirado en circunstancias semejantes: “Ayúdame señor; ya soy un Consagrado”

El Padre Remigio, como adivinando los temores del Padre Julián, se incorporó y miró con amor al joven sacerdote, ofreciendo esa mañana la oración del Laudes por su vocación.

Ese día Martina conoció cada espacio de la vieja casa: tenía un gran corredor, desde la puerta principal hasta la Capilla, rodeado de jardines atendidos por don Marcelo, el jardinero, quien también era el  Sacristán; después de la Capilla había una pequeña estancia con una imagen de la Guadalupana; el Padre Remigio llamaba a ese corredor “Mi Manantial de vida”, ahí el padre Remigio rezaba su rosario todas las tardes.

La construcción no era grande: cuatro recámaras, cada una con su baño; una cocina un poco mayor a lo usual; el comedor para seis personas y una sala a modo de biblioteca con muchos libros en italiano sobre teología.

El trabajo no era mucho: la limpieza de la casa, el lavado de ropa de los sacerdotes y la preparación de la comida eran los deberes de Martina. Al fondo había una puerta por la que Julián atravesaba todas las tardes después de la siesta del almuerzo; parecía un muchacho común, con su pants y una playera ceñida al cuerpo atlético del que gozaba, producto de su dedicación al ejercicio. Después de hora y media, con gran exactitud, regresaba de su gimnasio particular; algunas veces se sentaba en “El manantial de Vida”  del Padre Remigio para refrescarse antes de darse un baño, dejándose únicamente  la sport que llevaba bajo la playera. Martina veía sus brazos fuertes y velludos mojar su sudor con el suyo, mientras entreabría su boca esperando el beso.

¡Martina! ¡Impúdica! Se reprendía a sí misma y corría a echarse agua en la cara, tratando de lavar esos pensamientos que poco a poco la iban atrapando.

Julián, Julián, eran sus últimas palabras al terminar el día, y su primer pensamiento a la aurora, seguido de un acto de contrición pidiendo fuerzas para no mirarlo tanto.

__Padre Remigio, quiero que me confiese.

__Martina, estoy por entrar a mi Misa, el Padre Julián te puede confesar.

__No padre, tiene que ser  usted, no  el Padre Julián

Como adivinando el motivo de la confesión, el padre Remigio aceptó pidiéndole que oyera la Misa, y al finalizar ésta, pasara con él a la sacristía. Durante la ceremonia, Martina veía a Julián en el confesionario, a escasos quince metros de su banca, con sotana negra y estola morada, su tez blanca resaltaba tanto que por varios minutos se perdió en su piel, en la voz que imaginaba salía de sus labios mientras intentaba leerlos a distancia; el crujido que  las viejas bancas hicieron cuando la gente se puso de pie para recibir la bendición, la regresaron a su cuerpo. Al terminar la Misa, se encaminó en silencio a la Sacristía.

Su confesión duró casi dos horas, una silueta al final de la Sacristía seguía con atención cada detalle de la misma. Martina salió acongojada, confirmando que su perdición o su salvación dependían exclusivamente de ella.

El padre Remigio la miró al irse con la misma mirada de comprensión con la que había mirado al Padre Julián aquella mañana en la Capilla cuando Martina llegó a sus vidas.

-Sólo Dios es quién para juzgarnos; seremos juzgados en el amor.

A la mañana siguiente, Martina encontró una carta en su bolsa.

Martina:

Pido perdón a Dios por mi atrevimiento; me siento tan avergonzado por dejarle esta nota. Por favor, no me juzgue ni se enoje; no soportaría incomodarle guárdela como prenda de mi cariño.

                                                  Julián.

Martina no daba crédito a lo que leía. En la mente vio sus blancas manos escribir cada letra de la carta, oyó su voz leérsela tenuemente al oído. El ruido de la puerta le arrebató los pensamientos. Entró el Padre Remigio.

__Martina, ¿te sientes bien? ¿Dormiste más tranquila?

Sólo asintió con la cabeza, pues detrás de él entraba Julián con el periódico bajo el brazo; le dio los buenos días tratando de no mirarlo a los ojos, temiendo que el Padre Remigio sospechara algo.

El día terminó sin mayor prisa, era como si se hubiera detenido en cada letra de la carta, una y otra vez la repasaba en su mente. Los días siguientes fueron semejantes: encontraba las cartas detrás de la imagen de la Guadalupana que limpiaba los miércoles, o  bajo el mantel de la lavadora que usaba los sábados, o bien junto a su bolsa, a veces en el sobre del pago de su quincena que don Marcelo le entregaba celosamente cerrado. Las cartas eran cada vez más fuertes.

Martina:

Te amo con toda la fuerza de mi cuerpo y mi mente. Te veo cada noche en mis oraciones, como un regalo que  Dios  me ofrece y aún no tengo; agradezco que no me acuses ni con la mirada; cada vez me cercioro más  que soy correspondido.

Todo tuyo…

                                       Julián.

Martina ya no recurrió a la Confesión con el Padre Remigio. Sabía que Dios era quien conocía mejor que nadie sus sentimientos. La noche de vísperas a la fiesta de la Inmaculada, después de leer la carta del día, tomó la decisión.

Martina:

Sé que es una locura, pero ya no puedo más, si vienes hoy al cuarto del gimnasio, sabré que me amas tanto como yo; no temas, nadie nos verá; sólo habrá la tenue luz de la luna que te traerá hacia mí; te dejo la llave de la puerta trasera  y del cuarto; no pienses en qué me vas a decir, ven en silencio, no habrá necesidad de decirnos nada; deja que mis manos te toquen…

 A las 11:30

                           Julián.

Martina se puso el manto azul, su cuerpo había esperado tanto ese momento. Atravesó en silencio la puerta que pasaba cada tarde Julián para hacer ejercicio; se imaginaba entrando con él al altar. No podía dar marcha atrás: la novia no puede arrepentirse  ya en la Boda. Iba a entregarle  su cuerpo como prenda del amor que sentía por él. Entró al cuarto que se encontraba a oscuras. Ella le acarició la mano, dejando caer la manta en la cama, junto con la sotana. La manta se arrugó una y otra vez dejando en ella la mancha de su virginidad. Martina  tocó el cielo en la última exhalación orgásmica, pero su boca fue cubierta con la manta azul, el tiempo necesario para que dejara de existir.

Dejando el cuerpo a un lado, con la carta de Julián junto a la almohada, Don Marcelo se levantó de la cama y salió silbando, satisfecho de no haber dejado con vida a su víctima, recordando cómo lloraba en el Confesionario por el Padre Julián, mientras él la amaba en silencio.

-Todas las gatas son iguales, se enamoran del Cura-  y escupió a un lado de la cancha .

La luna llena iluminaba las primeras horas de la fiesta de la Inmaculada, mientras en el pueblo de Martina la abuela rezaba por la pureza de su nieta: “primero muerta que manchada”.

Meses después, un sacerdote inocente era juzgado por acoso y homicidio   a una menor, a escasos días en que falleciera la única que podría salvarlo: Sandrita, la anterior muchacha que atendía a los sacerdotes, víctima de un derrame cerebral al “caerse accidentalmente”, antes que la encontrara sin conocimiento don Marcelo, único responsable de las tragedias de la Casa Cural.

Cuento ganador del Primer lugar Nacional Endira 2015.

 

 

 

Un comentario en “Miguel Ángel Manjarrez Torres

  1. Es una lastima que esta persona publica en realidad sea un parasito de la sociedad es un estafador y vive de otras personas al despojarlo de sus ahorros con falsas promesas con su Bitcoin, trabaja con junto a su marido y seudosamigos para lograr tal proposito, que pena que caiga tan bajo y mintiendo con otra careta para cometer sus fechorias, y tu ,si le lees estos sabrás quien soy y sabes donde vivo con gusto te espero para aclarar esto

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