Macarena Huicochea

Macarena Huicochea realizó estudios de Letras, Psicología y Ciencias humanas (sin título). Ha publicado dos libros de cuento fantástico (en los cuales las mujeres de los mitos y leyendas griegas y prehispánicas juegan un papel central): Blasfematorio (Colección Becarios del Centro Toluqueño de Escritores) y La Caricia de la Esfinge (Colección: Biblioteca del Bicentenario del Instituto Mexiquense de Cultura).
En 2015, el Consejo Editorial del Estado de México publicó una antología de sus cuentos titulada Umbrales, con la que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y en la FILEY de Mérida, en el 2015.
En 2017, en Quintana Roo, el editor Nicolás Durán edita el cuaderno 34, Ángel de luz y sombra, en el que de nuevo se antóloga los cuentos de Macarena, en otro formato y con algunos textos nuevos.
En el Instituto Mexiquense de Cultura se desempeñó como Coordinadora de Difusión Cultural, jefe del Departamento Editorial, y subdirectora de la revista Castálida.
Ha sido fundadora y directora de varias Casas de Cultura en el Estado de México y, desde hace más de 30 años, es investigadora autodidacta de mitos, leyendas y tradiciones prehispánicas.
Ha combinado su labor literaria con el trabajo en medios, en dónde se ha desempeñado como guionista, conductora y productora de programas de radio y televisión. Actualmente realiza guiones para cortometrajes animados y escribe un libro de cuentos fantásticos para niños.

 

 

 

PLEGARIA

Siembra la oscuridad de mi asechanza con el filo envenenado que de tu piel rezuma. Deposita en el cuenco de mi vientre la ardorosa soledad que nos hermana. Despójate de la espada y del escudo, que yo dejaré en paz las armas de mi cuerpo, abandonémoslas bajo el lecho y así, desnudos, dejemos que las armaduras de la piel se disuelvan al contacto de nuestras caricias. Ante el altar de mis númenes proclamo el derecho de poseer mis abalorios, sin testigos ni jueces: la dócil navaja de mis uñas, la vehemente caricia de mis dientes y el resplandor rebelde que brota de las heridas que siembran mis palabras. Soy sacerdotisa de diosas enloquecidas, madre de ponzoñas y delirio, buscadora de dioses olvidados que exigen la cabeza de Orfeo como tributo. No podré, ni aun muerta, someterme a otros rituales. Comprende que soy mujer de fuego helado, madre de serpientes y amante de dragones: mi cólera es inmensa cuando niegas el hambre de tu cuerpo, cuando insistes en poner bridas a la pasión que te enloquece… por eso te conjuro para que sigas retando a mis potencias. Si buscas el monótono hilar de la rueca, aléjate y no vuelvas, mi rueca no es de hilos para ajuares, mi rueca es telar de pesadillas, telaraña de miedos ancestrales que se teje con la piel que abandonan las serpientes. Escucha las voces antiguas que me habitan, que cantan en nuestros cuerpos cuando el lecho arde… … tañamos con nuestras pieles la melodía olvidada que brota de las aguas ocultas de la vida, aguas incendiadas en la sangre y los sudores que recuerdan la fuerza implacable de la tierra, la lava que palpita oculta buscando abrir sus cauces. ¡Que se desborden los manantiales subterráneos que liberan nuestras almas y las desatan!, sólo así sanarán las heridas de la carne, esas llagas que, después del amor, te convencen de que vuelves a ser ajeno, solitario y vulnerable.

 

 

SENDEROS

Sigue la huella que mi sangre escribe entre las rocas que arrojé detrás de mí para impedir tu paso. Descubre el lenguaje que las sombras murmuran en el espejo roto de mis manos. He arrojado el cadáver de mi última mirada sobre el amplio desierto de mi vientre, que te extraña, y he descubierto que el destino es una herida que trazamos agrietando nuestros pasos. Caminamos en espirales, tejiendo laberintos de los cuales culpamos a los astros, ignorando la guía de las estrellas y desconociendo las voces que nos hablan desde el viento, que inventan jeroglíficos en el fuego y signos vitales en el agua. La tierra nos es ajena y extraña y tú y yo hemos olvidado que somos semejantes en un necio afán de atesorar el infortunio.

 

 

ESCRITO EN EL CRISTAL

 Trazo en la nieve letal de tu silencio las voces que bajo mi piel crepitan. Escribo en el agua, en el fuego y en el viento, con puñados de arena. Soy tierra abandonada donde afilan sus dientes los soles de cada mediodía, sementera reseca que bebe la sal de sus sudores y el vaho oscuro que brota del arado roto entre las piedras de mi vientre. Y entonces soy la oscura lámpara de aceite enfebrecida, hundida entre la nieve, el aguijón de miel de la memoria y el polvo ensoberbecido de los sueños ocultos en el cristal de las ventanas. Soy el páramo bajo el que murmuran un río subterráneo y una caverna en la que el agua arde sin encontrar su cauce. Soy el nocturno insecto que danza enloquecido hasta incendiar el vuelo de sus alas y devorar su sombra. La nieve de tu silencio me incinera, quema la sombra de mi sombra, enciende los demonios que me habitan y muero, una y otra vez, hambrienta de tus manos… mientras la llaga de tu ausencia repta lentamente, sembrando sus humores y venenos en mi carne abierta a las caricias que no llegan. Lo único cierto es este trazo que grabo con las uñas en el cristal de las ventanas y esta celda que construyo, día a día, con tu recuerdo.

 

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