Góngora Balán

Góngora Balán (San Frco. de Campeche, Campeche, 1990). Egresado de la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ganador del Certamen Universitario de Poesía “Décima Muerte” de la UNAM (2010), beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Campeche (PECDA, 2012) y participante en el Festival Interfaz del ISSSTE-Cultura (2014). Actualmente se dedica a la corrección de estilo. Reside en Cancún desde hace unos años.

 

 

 

**

 

Te han dado las armas 

del susto y el estruendo, 

los ruidos rotos 

como una explosión 

de estrellas 

en tu rostro. 

 

Te han dado una O 

en los labios 

y dos arcos por cejas 

para que grites de terror. 

 

Te han dado lo necesario 

para temer. 

 

                  Te han dado todo lo necesario 

                  para temer. 

 

                                      Te han dado absolutamente todo lo necesario 

                                       para temer.

 

Odiséica 

 

Mira cómo se arruinan los maricones. 

Mira cómo ellos mismos buscan su cogida. 

Mira cómo celan las formas y contornos: 

cómo guardan la boca en O ante la muerte 

como culo abierto para su última cogida. 

 

Hijo, tu destino debió haber sido otro. 

La calma resignada en el hogar. 

El abrazo tierno de la esposa. 

El futuro hijo viril y su púdica mujer. 

Los nietos con el tiempo. 

 

Tú no debiste haber nacido maricón, 

con la cola pronta y la mano quebrada 

para elevar los árboles perenes 

donde las pájaras gritan más alto. 

 

Tú no debiste rumiar en las cantinas, 

apostar que las miradas rompemadres 

necesitan a veces desbaratar sus anteojeras. 

Porque antojeras es lo que presentías tú. 

 

Y te los cogiste a todos. 

A los pescadores, a los albañiles, a los choferes y a los lacras. 

A los que no pudieron contener el último chorro  

de cerveza entre los labios. Porque su lengua 

era exacta para el tacto de otra miel. 

A los que te robaron la cartera mientras te la mamaban en la calle. 

A los que te sacaron la reata con asco después de coger. 

A los que te quisieron halagar diciendo que eras lindo como un hijo. 

A los que no te quisiste dar porque no eran de tu gusto, y aún así le guerrereaste. 

A los que te aguardaron toda la vida en un rincón de un cuarto oscuro. 

A los que te miraron en los cuartos oscuros mientras hacías florecer una luz 

de la encarnada flor de silvestres nalgas. Porque parecía que predicabas una verdad. 

 

Al que te pegó ladillas que te hicieron nuevamente púber bajo el filo. 

Porque todo renacer implica agua, piedra y metal. 

Al que te dio un par de putazos en el motel después de cogerte 

y te avisó de otros peligros de la única manera en la que él había aprendido. 

 

Al que fue tu último. O tus últimos viajes. 

 

 

Katholika 

 

Ha llegado a casa. 

Contempla la cabeza 

hirsuta de su hijo  

entreverado en la mujer. 

Tienen 20 años. 

Un poco balancea 

               sus sueños en la hamaca 

                                           al atravesar. 

Sopesa intenciones,  

su verdadero amor. 

 

Les ofrece lo mismo, 

la misma ropa que le dieron 

del mar que lo amparó 

a él cuando en su tiempo 

fue quien tuvo que partir. 

 

No son sus hijos naturales, por supuesto. 

Ellos llegaron en septiembre 

y lo llamaron padre. 

Y pretendieron con él y como él  

iniciar una vida nueva, 

start a new career in a new town

 

Él avanza en la oscuridad.  

Llega a la cocina, 

bebe agua cual leopardo 

que ha salido a caza 

y fracasó. 

 

Días pasarán para que se reponga. 

Días y días y días y días y días. 

 

Porque es dios quien no permite, 

y le aprieta más los huevos, 

y le amarra las cabezas, 

 y acongoja el corazón. 

 

Ahora viene el recuerdo, 

la capilla de su pueblo 

donde en misa le dijeron 

execrable al Señor. 

 

Mira con envidia a su hijo, 

el borde tenue de los senos 

de su nuera. Su delicado pezón. 

 

Piensa en el remanso de su hijo, 

en la sexual calma que lo abriga. 

Sólo un embarazo prematuro 

los persigue. Y eso pasará. 

 

Podrán regresar a casa, 

los padres los aceptarán, 

los abuelos amarán al nieto. 

Si se casan. 

 

Pero no hay rito católico 

que a él lo admita. 

No se casará en su pueblo 

con la novia de la vida. 

Las jaranas y las cumbias 

no alegrarán su lugar. 

Su familia no se reunirá 

para cocinar y ofrendar al pueblo. 

En la cancha junto al pich 

no habrá fiesta alguna que lo redima. 

Porque nada habrá que redimir.

 

 

 

Un comentario en “Góngora Balán

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