LUZ MARÍA CACERES

LUZ MARÍA CACERES. Estudios periodísticos. Egresada de la escuela de letras SOGEM, pertenece a la Sociedad de Escritores Mexicanos, tiene en su haber obras de teatro, narrativa y poesía entre otros. Ha obtenido premios como el Estatal de Teatro de Quintana Roo y de IMBA y CITRU por su trabajo actoral en “Armida y el Estanque” de Rodolfo Usigli. Colaboradora en Radio Acir, producciones de televisión, análisis y libretos y otros más.

 

 DON JUAN ETERNO

 

TEATRO

 

UN ACTO 

ORIGINAL DE: LUZ MARIA CACERES

 Copyright/SOGEM/DERECHOS DE AUTOR

RESERVADOS/SEP19191910-10

 PERSONAJES:

 DON JUAN

MARIANA

 

 Al abrirse el telón, en el escenario Don Juan  entra a su casona, camina por entre las sombras de la arquería y los muebles, cruza la amplia estancia y sobre una silla coloca el sombrero emplumado, la capa y  la espada, pero, al llegar al pie de la escalera los ojos se le agrandan por el susto; frente a él Mariana lo espera con la cara descompuesta, tiesa como un tronco, o más bien como un poste sosteniendo el candelabro, donde las velas la iluminan haciéndola exagerar la furia de sus facciones.

MARIANA.-

  ¿Don Juan dónde andabas? ¿Por qué llegas a estas horas?-

DON JUAN.-

 ¡Mariana, mira que me has espantado! Pero, ¿qué haces aquí fuera de tus aposentos? Vas a agarrar un resfriado.

MARIANA.-

 ¡Te estoy hablando!  Te pregunté. ¿De dónde vienes?

DON JUAN.-

 Pero Mariana, mi amor, mi reina, si no es tan tarde.

MARIANA.-

 ¡No me digas! ¡Son las 4.30 de la mañana y ya casi canta el gallo!

DON JUAN.-

Me entretuve, ya conoces a Pedro, Juan y Lucas. Cuando nos ponemos a jugar cartas, entre pláticas y copas se nos pasa el tiempo.

MARIANA.-

 ¿En casa de quién estabas?

DON JUAN.-

 De Lucas. Bueno, primero estuvimos en casa de Pedro y después nos fuimos a casa de Lucas. Por cierto, que cabeza la mía, he olvidado un regalo para ti.  Te he mandado a hacer un abanico con el maestro Arniches de Alcalá, con incrustaciones de carey y  perlas negras; es una pieza única, algo admirable, te va a encantar.

MARIANA.-

 No te creo y eso del abanico abría que verse.

DON JUAN.-

 Te lo juro mi amor. Si quieres, en cuanto amanezca envío a Pascual por cualquiera de ellos para que te lo confirmen.

MARIANA.-

 ¡Eres un mentiroso! ¿Dónde está el caballo? No oí que entraras con él y lo metieras a la cuadra.

DON JUAN.- Es que a medio camino a Corveta  le pasó algo en la pata izquierda.  Ya vez que ha estado practicando mucho para que aprenda a ir sobre las piernas con los brazos al aire y preferí venirme caminando. Pero, ya estoy aquí mi amor, déjame darte un beso.

MARIANA.- No, no quiero. ¿Qué tienes en la cara? ¿Por qué traes la cara pintarrajeada, quién te besó? Hueles a perfume. ¡Ay Don Juan eres un desgraciado! Seguramente vienes de  correr una aventura con tus amigotes con esa clase… de…de mujeres.

DON JUAN.- Pero Mariana, mi amor, que cosas dices. ¿Cómo puedes verme con esta luz?

MARIANA.- ¡Eres un cínico!  ¡Ve y mírate en el espejo!

Cerca de ahí está el espejo. Don Juan va a tientas hasta él y aunque está oscuro, exclama:

DON JUAN.- ¡Pero cómo! ¡Qué barbaridad! ¡No sé lo que pasó! ¿Cómo pude habérmelo hecho?

MARIANA.- ¡Don Juan, esto ya no lo aguanto más! ¡Me voy, me voy con mi mamá!  ¡Te odio, eres un canalla!

DON JUAN.- Pero Mariana, mi amor, no puedes irte, abandonarme. ¿Cómo piensas caminar en la noche sola? Tú sabes que es peligroso para una mujer. Ya sabes que no faltan los asaltantes y locos. Además, tu mamá vive a 1000 kilómetros de aquí  y para llegar a La Campiña, tendrás que pasar la sierra, los profundos y estrechos valles, ya que el camino es bastante accidentado por las aguas salvajes.

 Recuerda, que mi caballo no está para trote y el otro lo tengo prestado a mi primo Pablo, ah,  y no olvides que el carruaje pasa hasta el jueves próximo. Por favor, recapacita.

MARIANA.- ¡Pues no me importa si me tengo que ir caminando sola o con la criada!  ¡Te dejo a los niños!

DON JUAN.- ¿Te vas a llevar a Carmela? ¿Y yo qué voy a hacer solo en toda la casona y  con los niños? ¿Qué voy a comer?

MARIANA.- ¡Me importa un bledo que te mueras de hambre, es para lo único que sirvo! ¡Ya me cansé de ser tu madre y la de tus hijos, tu nana, tu doctora, la que cuide la casa, la que barre, limpia, sacude, cocine, de darte consejos, de oírte, de lavar y planchar, de administrar el dinero, de escuchar tus ronquidos todas las noches,  yyyyy de perdonarte!

DON JUAN.- ¿Y entonces para qué tienes a Carmela?

MARIANA.- ¡Con ella no te metas!

DON JUAN.- Ya, perdóname mi reina. Te juro que no es lo que te imaginas.

MARIANA.- Ah no, y ahora que otra mentira me vas a contar.

DON JUAN.- Créeme que es la única verdad. Yo sé que será difícil que lo creas, pero así fue.

 Estaba con Pedro y Juan en casa de Lucas, cuando fueron a tocarnos la puerta. Era una pobre mujer, amistad de la esposa de Lucas que se deshacía de dolor y lágrimas. Su marido había salido hacía tres semanas muy temprano a comprar unos maderos y clavos para fabricar una cruz que  le había encargado un vecino.  El vecino tenía que representar el papel de Jesús de Nazareth, durante los festejos de Semana Santa. Pero, el desgraciado carpintero, cargando su morral con herramienta, después de vaciar el cajón del dinero se fue y no volvió a su casa. Su pobre mujer desesperada, no pudo dormir de la preocupación.  A la tercera semana, le avisaron que su marido, el carpintero, se había fugado con la hija del vecino que iba a representar a Jesús de Nazareth, pues estaba preñada de él.

MARIANA.- Ahhhh, eres todo un enredijo. ¿Y todo esto qué tiene que ver con la cara embarrada  y el olorcito que traes?

DON JUAN.- Pues todo. Mejor te sigo contando. Ahí estábamos oyendo a la pobre mujer, cuando le vinieron a avisar que a su mamá le estaba dando un ataque y andaba frenética. Salimos Lucas, Pedro, Juan y yo detrás de ella hasta su vivienda, donde efectivamente la señora brincaba y corría gritando por todos lados como chiva loca. Tenía los ojos desorbitados, la cabeza desgreñada y se arrancaba los cabellos y desde su boca salían una sarta de incoherencias y se levantaba las faldas para enseñarnos que no traía calzones. ¡Dios, era espantoso!

 Las vecinas trataban de agarrarla, pero se les escapaba y fue así que entramos nosotros al quite. No sabes el trabajo que nos costó controlarla, pues parecía una fiera. Después entre las mujeres y nosotros, pudimos sujetarla, todo esto duró como cuatro horas.

MARIANA.- ¿Y la pintura y el olorcito, qué?

DON JUAN.- ¡Ah eso! Pues, pues seguramente sucedió durante la lucha que sostuvimos. Como había muchas mujeres tratado de ayudar, me han de ver embarrado de quien sabe que cosa. Y lo del perfume, es posible que alguna de ellas se lo haya echado a la loca para tranquilizarla y me cayeran algunas gotas entre el sudor del esfuerzo.

MARIANA.- Ahhhh… ¿Así que esa es la historia, Don Juan?

DON JUAN.- Sí mi amor, te juro que es verdad.

 Mariana son casi las 6.30 de la mañana.  Me muero de sueño y de hambre pues no he comido.

MARIANA.- Pues yo, desde las 6.00 de la mañana de ayer no he parado. Me la he pasado guisando: una gallina bañada en oporto rellena de almendras, el lechón a la manzana, albóndigas a la mostaza y dulce de camote con chabacanos, y yo tampoco comí por estarte esperando.

 Así que si quieres comer, tendrás que esperar a que Pascual vaya a cortar ramas y troncos y me traiga la leña para calentar el fogón, porque está apagado. Además, de que es hora de levantar a los niños, limpiarlos, vestirlos y prepararles su desayuno para que tomen sus clases; hoy vendrá  el maestro Panfilo Narvaez a impartírselas.

DON JUAN.- ¡Pánfilo Narvaez! ¡El enciclopedista ciego! Pero, pero Mariana no entiendo cómo puede enseñar, si no ve ni la nariz de su perico. ¡Por qué no escogiste a otro?

MARIANA.- Porque lo prefiero a él, por el método que utiliza.

DON JUAN.- Así y ¿cuál es?

MARIANA.- Les escribe palabras en la pizarra. Luego los niños lo hacen en unos cartoncillos cortados que después se cuelgan en el cuello. Y así durante todo el día,  entre ellos se los leen y los repiten como el perico hasta que se acuestan.

DON JUAN.- Mira, mira que me he quedado sorprendido, realmente es hábil ese enciclopedista.   Ay Mariana,  por cierto, casi lo olvido, voy a darme un baño, a comer algo y a salir de nuevo, porque acabo de recordar un asunto  pendiente con Lucas.

MARIANA.- ¿O sea que te vas de nuevo? ¿Y cuál es ese asunto?

DON JUAN.- Es un negocio que traemos entre manos. Una cuadrilla de caballos que nos quieren vender y pensamos entrenarlos para la próxima feria.

MARIANA.- ¿Y cómo piensas irte sin Corveta?

DON JUAN.-  Ah, por eso, no te preocupes, Pedro y Juan quedaron de pasar a traerme unos papeles que tengo que revisar. No creo tarden mucho porque es urgente. No te preocupes mi amor, llegaré temprano para cenar contigo. ¿Por qué no preparas el estofado con ciruela que te queda delicioso, acompañado de un vino tinto del Marqués de la Sierra?  ¿ Y qué tal si te pones el vestido de tafetán rojo fuego bordado con claveles? Ese que tú misma te cosiste con esas manitas delicadas que todo lo saben hacer tan bien y me esperas para  comer solos.

MARIANA.-  Don Juan, me estás insinuando algo?

DON JUAN.- Mi amor, sólo quiero que me esperes. Hoy tendremos una fiesta privada. ¿Me das un beso?

MARIANA.- Ay Don Juan, don Juan, un beso y más te daré, pero en la noche, con la condición de que llegues temprano.

DON JUAN.- ¿Escuchas? Son caballos al galope. Han de ser Pedro y Juan y aún no estoy listo. Mariana, atiéndelos por favor, seguramente no han comido. Ofréceles vino y un poco de la comida de ayer aunque sea recalentada.

MARIANA.- Sí Don Juan, no te alarmes.  Me imagino que han de estar desvelados y cansados como tú, con todo lo ocurrido anoche.

 Apresúrate, que yo me encargaré de que estén muy pero muy contentos, tanto que los haré sentir como en su casa.

 DON JUAN.- Ay Mariana de mi vida, en verdad no sabes como te agradezco tu interés, pero, será mejor que yo me haga cargo de ellos en persona, porque,  por la prisa de los cascos de sus animales, percibo tendré que esperarlos afuera.

 ¡Hasta la noche mi amor, no se te olvide!

MARIANA.- ¡Don Juan. Don Juan!  Antes de que te vayas, te recuerdo que estaré esperando tu regreso, pero, con la condición de que me traigas el abanico de Arniches de Alcalá, porque de otra forma, no habrá: ni besos, ni cama caliente, ni cena, ni vino del Marqués de la Sierra.

TELON

 

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