Ramón Iván Suárez Caamal

Ramón Iván Suárez Caamal. Calkiní, Campeche 1950. Radica en Bacalar, Quintana Roo desde 1983. Ha publicado más de 30 libros entre poesía, poesía para niños, narrativa, manuales de creatividad y libros de texto. Entre los premios que ha obtenido figuran el “Jaime Sabines” 1991, el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños, 2010, el Premio Internacional de Poesìa para Niños, Ciudad de Orihuela en España en 2011, el Primer Concurso Nacional de Poesía Ilustrada para Niños, 2013, Instituto Literario de Veracruz y el XII Premio Internacional de Poesía Infantil, 2014. Colección Luna de aire de la Universidad de Castilla- La Mancha.

Correo electrónico del autor: rscaamal@hotmail.com

Actualmente radica en Bacalar Quintana Roo.

 

 

De VISITACIONES

*
Tus manos eran liquen
en mis huesos sin certeza.
Miré los clavos vivos,
hice raíz y pude darme
al elemento que conmueve
el mineral asombro.
Una mano, la otra:
cinco peces siniestros
y otros cinco en la huesa
del fondo enarenado
de tu reino donde estaban
las astillas de mi muerte.
Cielo arriba, una hoja
en la contemplación
de un viaje imaginado
por el tiempo
de lo que no perdura.

 

*
Míranos,
toca nuestra nada.
En diez siglos se marchita una rosa.
En mil años el perfume persiste.
Desde el intervalo del pétalo nos buscas,
sombra fugaz, pez traslúcido.
Si tus espinas tuviesen una gota de rocío
o de sangre
quizá la respuesta fuese innecesaria;
pero, como ni nosotros ni ellos sabemos,
queda en un muro la pregunta.
Lo que fue será.
Lo que es ya fue.
Lo que será es.
¿Cómo cabrías, habitante de las otras puertas
a quien las buenas noches toca en estos sin luna
sin mar y sin retorno?
Lo que escribes es un escalofrío,
una aurora boreal.
¿Dónde el límite y quién lo puso?
¿La rosa de los vientos?
¿Los vientos deshojándola?
No es más real que nosotros,
si nombras real a esta bruma
que acaba por cubrirnos.
Puede que lo fortuito nos enlace bajo el puente
donde la luna es de papel y al agua
van los pétalos como peces traslúcidos
detrás de sus fantasmas.
Puse una escalera a la mitad del río
y le nacieron hojas,
pájaros que no estaban
sino en sus canciones.
Si te atreves
baja por ella.
Si me atrevo
subiré algún día.

 

*
¿Cómo será un bosque de cuervos en la noche?
Como estas palabras
dando saltitos
avanzando,
retrocediendo,
picando sílabas de animales muertos.
O serán gritos que no se ven,
que no se huelen,
presagios que han de cumplirse cuando amanezca
la albura de los nidos.
O soy yo en mi sombra y mi sombra
en los gajos donde racimos de palabras
maduran tempestad. ¿Cómo
será un bosque de ojos en la noche?

 

*
Tengo la sensación de que estuve aquí antes.
Esta puerta la he abierto mil veces
y da al mismo lugar: una hoja en blanco.
Me entretuve dibujando pinos entre la bruma.
Hay huellas de lobos en la nieve,
papá nos abandonó en el bosque.
En la siguiente vuelta el tren se detiene
en un pueblo que no/sí conozco.
Todos bajan.
La casa está vacía.
Sigo en la montaña rusa.
Pido limosna a la mano que mañana
me hará una caricia en los cabellos.
La abeja visita a la rosa quinientas veces,
otras quinientas salgo a la lluvia
debajo del agua que cae sobre el techo de zinc.
En el vagón no pude conciliar el sueño
aunque las noches fueron largas.
Discuten los cuchillos y las latas vacías por un mendrugo.
Voy en bicicleta.
Paso frente a la misma casa una y otra vez.
¿Quién vive allá?
Atemoriza que adentro están los mismos monstruos,
iguales trampas,
filas de retratos.
En el tobogán de Moebius escribo
la lección de hace décadas.
O más. O menos. O nunca.
No debo estar aquí con mi linterna
para el viaje hacia un destino innecesario.
Hago una pausa.
Respiro bajo otra piel.
Soy el mismo
-o la misma-
aunque mienta el espejo.
Ayer me puse una máscara de lobo;
hoy, una piel de cordero;
mañana venderé la zalea de ambos al mejor postor.
Apretujado en un sillón intento convencerme
que mis uñas ronronean;
que si ruedo con la semilla,
no nos perderá el viento;
que las piedras respiran bajo el agua
y que Moebius es una ola a la que puedo montar
en las serpentinas de las fiestas
donde un caracol se desliza con su pesado reloj por casa.
Debo saber además que la música
es un ir y venir por las galerías del oído.
Ah la cantilena del eco:
Devolver, de volver.
Debes volver. Debes volver.
Aunque estás aquí debes volver…

 

*
Hoy voy a visitarme,
cuando llegue a la puerta de mí
y esté cerrada,
le diré al grajo que me habita:
Llama a la otra llama
que resplandece en eco
desde su jaula hecha de gajos moribundos,
de júbilos y angustias,
por el aire del ser que levemente desea.
Llegaré a mí con pasos sigilosos,
no con el truco del espejo,
sino con alas de neblina, cuando el alba.
Llegaré a mí con el sonido del mar
que no me toca, por ausente.
O vendré con las bestias más oscuras
y con las olas de ese mar inexistente.
Vengo a mí desde mí,
sal y recíbeme.
Sal,
la sal de las lágrimas,
la sal en viva gema para las heridas de la voz
que llama y llama y llama
y nadie sale a recibir al otro que es él mismo.
¿Hay alguien?
Requiero entrar a mi sombra,
sembrar una semilla en el espanto,
asombrarme en los ninguno.
Ábrete en el abrirme.
Haz un nuevo corazón en la corteza
del duro tronco de la vida.

 

 

 

 

 

 

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